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El nacimiento de una nueva añada, el renacimiento de la vida. Un privilegio de este oficio es ver, año tras año, el renacer de la viña, tras su inactividad invernal. Nunca deja de asombrarnos el ciclo de la Naturaleza, que del sueño hace vida, de la planta dormida un prodigio de racimos. Durante el invierno la planta está en reposo, sin actividad. Ahora, acaba de brotar: ya se ven las yemas, de las que nacerán sarmientos y racimos, un milagro paulatino que siempre vuelve por primavera. Pronto aparecerán los pámpanos -futuros sarmientos- las hojas, y florecerán los racimos. Todavía no hay uva: los racimos son de flores, pequeñas y preciosas. Y de cada flor saldrá un grano de uva. Es el cuajado, una fase esencial, porque determinará la cantidad de uva, el número de granos de uva por racimo, y por tanto, en gran medida la calidad. El que cada flor fecunde o no –se convierta en grano de uva o no- depende de la climatología: con temperaturas suaves y ausencia de vientos y lluvias, cuajarán muchas flores, habrá un cuajado homogéneo. No podemos intervenir en ese momento: estamos a lo que mande el clima. Sí lo hacemos antes: desde la poda especial al manejo del suelo, buscando el equilibrio de la planta, favorecido por el cultivo ecológico. La floración no se corrige pero se prepara. La flor será uva, y la uva, vino. Cada añada comienza con la fragilidad de la floración, con la fuerza de una promesa: una nueva cosecha que empieza a tomar forma. |
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La floración: la fuerza de una promesa.
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